RelatoRecuerdo un día de invierno, de ese maldito invierno frío y lluvioso que nos castigaba. Yo iba caminando tras las barricadas, envuelto en mi capa, cabizbajo y en silencio, mientras las gotas de lluvia recorrían mi cara, llevando un paquete entre las manos. Procuraba estorbar en lo menos posible a los hombres que disparaban sus arcos antes de volver a ponerse a cubierto, y evitaba los cuerpos que yacían en el suelo, cubiertos de sangre y sin que nadie los atendiese, unos sin vida, otros gimiendo y desangrándose lentamente...

CUARTA PARTE: EL ASEDIO

Qué frío más terrible hacía en las embarradas trincheras gondorianas que sitiaban la estratégica ciudad de Osgiliath en el año 3007 de la Tercera Edad! Llevábamos ya dos largos años asediando la maldita ciudad por la que tantos habían caído (y los que quedaban por caer) de ambos bandos, y no habíamos sacado nada, a excepción de muertos y cansancio. Y los orcos seguían resistiendo. De vez en cuando, una fuerza del Señor Oscuro intentaba entrar en la ciudad, ya fueran orcos, Haradrim, Hombres del Este o corsarios de la lejana Umbar, y los nuestros corrían a evitarlo a toda costa, pagando elevados precios en vidas el tener la ciudad incomunicada.

Era el general Boromir quien controlaba el asedio. El príncipe Imrahil mantenía cerrada la ciudad por el río con sus famosos barcos; Faramir se atrincheraba en Cair-Andros, evitando la huida de los orcos por el norte y atacando a los que bajaban de la Puerta Negra. Madril cubría con sus montaraces el sur de Ithilien, mientras que la quinta compañía se asentó al este de la ciudad, al mando del propio Boromir. La octava y la cuarta nos manteníamos en la ribera oeste del río, cubriendo una compleja red de trincheras y pequeñas edificaciones que mantenían Osgiliath rodeada. Nadie podía entrar o salir. En aquella época aprendimos todos a tirar con el arco, ya que lanzar proyectiles era la única manera de atacar la ciudad.

Recuerdo un día de invierno, de ese maldito invierno frío y lluvioso que nos castigaba. Yo iba caminando tras las barricadas, envuelto en mi capa, cabizbajo y en silencio, mientras las gotas de lluvia recorrían mi cara, llevando un paquete entre las manos. Procuraba estorbar en lo menos posible a los hombres que disparaban sus arcos antes de volver a ponerse a cubierto, y evitaba los cuerpos que yacían en el suelo, cubiertos de sangre y sin que nadie los atendiese, unos sin vida, otros gimiendo y desangrándose lentamente. Pasé tras un lanzavirotes que los ingenieros trataban de apuntar hacia una torre desde la que se nos hacía bastante daño y llegué a la caseta que servía de cuartel para nuestro capitán Brelion. La bordeé hacia el lado que daba a Osgiliath, y allí llegué a un rinconcito apartado, encharcado y con una empalizada hecha con cascotes, tras la cual se refugiaban mis compañeros. Todos me miraron ávidamente.

–A ver, un poco de orden- gruñó Ingold mientras acudía a por el paquete que tenía yo entre las manos.

Rimmon y Grem habían hecho un tejadillo con las lanzas y una lona raída a modo de refugio para la pequeña hoguera que habían prendido debajo. Eremir trataba de disparar su arco por un boquete que había en la empalizada. Arnold afilaba su espada sentado en el suelo; Mablung estaba sentado, envuelto en su capa y con cara de sueño, e Ïliath, Durkas y Cirion estaban contando las flechas que nos quedaban. Todos tenían hambre.
Ingold sopesó el paquete con desagrado.

–Cada día nos dan menos- se lamentó. Los hombres hicieron muecas de fastidio. Dividió el pan y la carne que contenía en partes iguales y mandó calentarlo en la fogata.
-Ya casi lo tengo- murmuró Eremir.
– ¿El qué?- se interesó Cirion.
–El orco que desde hace un rato se está asomando por la azotea esa, no hay quien le cace al puñetero- respondió Eremir.
-Dicen que se está preparando un ataque por todos los frentes para tomar la ciudad- dije yo.
-A ver si es verdad- respondió Ingold secamente- porque yo ya estoy harto de esto.
-¿Y se sabe algo de las pagas?- preguntó Durkas. Yo negué con la cabeza. –Han dicho que van a arreglar el estandarte.
-¡En eso se lo gastan!- saltó Ïliath, enfurecido.
–Yo es que todavía no entiendo para qué queremos un estandarte- dijo Grem, encogiéndose de hombros. –porque si que lo atrape el enemigo es una deshonra, mejor no tener y así no lo cogen.
-El estandarte representa a nuestra compañía- explicó Ingold, malhumorado.
-¡Pues no es el estandarte el que está jugándose la vida, pasando frío, cobrando poco y comiendo mal!- protestó Ïliath. Su humor había empeorado mucho durante el asedio.

Ingold le fulminó con la mirada y volvió a lo suyo, sacudiendo la cabeza.

-Ya lo tengo- repitió Eremir. De repente, chasqueó la lengua.
-¿Pero lo tienes o no lo tienes?- rugió Ïliath, exasperado.
Eremir bajó el arco, resoplando, -Mira, como no te calles te vas a poner tú aquí a tirar palillos a los orcos- le espetó. –Anda, Mablung, haz de cebo.

Mablung se estiró y se incorporó perezosamente, bostezando. Entonces, se encaramó a la empalizada y sacó el cuerpo gritando
-¡Viva Gondor!
-¡Viva!- respondieron algunas voces lejanas. Acto seguido, Mablung se tiró al suelo y una flecha pasó silbando por el aire.
-¡Perfecto!- exclamó Eremir.
-¿Le has dado?- preguntó el magullado Mablung levantándose del suelo. Eremir asintió. Ambos chocaron sus puños y cada uno volvió a lo suyo.

Aún estábamos comiendo cuando se presentó el capitán Brelion, junto al alférez Thréomil y los lanceros de su escolta. –Que aproveche- saludó.
–Gracias- respondimos sin mucho ánimo.
-Tengo un trabajo para vosotros- dijo, - vais a llevar un mensaje al general Boromir. Si os capturan, debéis destruirlo.
Y nos tendió una bolsa de cuero en cuyo interior se hallaba el misterioso mensaje. Ingold lo cogió y saludó. El capitán se retiró. Hubo unos instantes de silencio que rompió el sonido de una piedra al caer sobre una trinchera muy cerca de nosotros. –Pues hala- dijo Ingold, -cuanto antes vayamos, antes volvemos.
Todos nos incorporamos y nos armamos en completo silencio, porque estaríamos descontentos, pero éramos leales y cumplidores hasta la muerte (literalmente).

Nos dirigimos al río, donde había amarradas docenas de balsas que los soldados empleaban a diario para cruzar de un lado a otro. Allí el frío era glacial. Cirion e Ïliath iban remando, y a los pobres se les entumecían las manos. Les costaba mover los dedos. Los demás estábamos tiritando, acurrucados unos contra otros para darnos calor, rodeados del vaho procedente de nuestra respiración. Ingold jugueteaba con la funda de cuero en que iba guardado el mensaje. De pronto, lo abrió y sacó el pergamino. -¿Qué hacéis?- pregunté, alarmado.
-Si tenemos que destruirlo- repuso él con tranquilidad, sin apartar la vista del mensaje, -yo no puedo solo. Es muy grande. Nos vamos a tener que comer un cacho cada uno.
Nosotros intercambiamos unas miradas de incredulidad, pero preferimos no decir nada. Me costaba imaginarme lo grotesco de la escena: orcos rodeándonos armados y nosotros repartiéndonos el mensaje para comérnoslo.
Seguimos en silencio hasta que Grem dijo –Pues a mí me sigue pareciendo estúpido que se gasten nuestras pagas en reparar el estandarte.
-¿Es que ya no se respeta ni lo más sagrado?- a Ingold parecía que se le acababa la poca paciencia que tenía.
-Señor- Grem parecía ofendido –Yo respeto a la compañía y a todos y cada uno de nuestros símbolos, pero considero que es un abuso emplear el dinero en reparar el estandarte si no se ha pagado a los soldados. Tengamos en cuenta que el estandarte tampoco está tan mal...
-Mira, yo tampoco he cobrado- le espetó Ingold, -pero lo acepto. Ya nos pagarán todo lo atrasado algún día. Y si a mí me dicen que no voy a cobrar porque se lo van a gastar en reparar una bandera, me parecerá mal, pero me callo y lo asumo. Aquí estamos para cumplir órdenes, no para dar nuestra opinión. Lo que nosotros pensemos no les importa a los generales. Hay que ganar esta guerra cueste lo que cueste, ya que si perdemos, de nada te servirá todo el oro del mundo estando muerto, ¿entendido?
-Sí, señor.

Todo volvió a quedar en silencio, aunque se oyó mascullar al rohirrim por lo bajo “tampoco nos servirá de nada un estandarte si estamos muertos”. En cualquier caso, Ingold no lo oyó o no quiso oírlo.

Desembarcamos y echamos a andar, moviendo las articulaciones y soplándonos las manos para desentumecer nuestros helados cuerpos.
A nuestra derecha quedaba la grisácea ciudad en ruinas de Osgiliath. A nuestra izquierda, bosque. Y en ese bosque se hallaba el cuartel general de la quinta guarnición, donde debíamos llevar el mensaje. Caminábamos en fila india, agudizando los oídos. Sólo se escuchaba el tintinear de nuestras armas y armaduras. Cada vez estábamos más temerosos, puesto que al no ver y oír nada aumentaba nuestra tensión. Y eso que no oír nada podía significar que no había peligro. Al menos más que si oíamos algo.
De pronto, Ingold desenfundó su espada, y al oír el chirrido metálico, todos desenfundamos y nos pusimos en guardia, formando un círculo en el que nuestras espaldas quedaban hacia dentro. Apenas sí tardamos tres segundos. Entonces, Ingold se empezó a reír con ganas mientras guardaba su arma.

-Muy bien, veo que tenéis buena capacidad de reacción.

Nos quedamos boquiabiertos. A mí se me había puesto el corazón a cien, y me temblaban las rodillas, y supongo que el caso de mis compañeros no sería diferente. Aquellas bromas en aquellos momentos tenían de todo menos gracia.

Continuamos caminando, hasta que Ingold levantó el puño. Nos detuvimos. Eremir resopló. Si era otra broma le iba a sentar como una pedrada.

-¿Lo oís?- susurró Ingold.
-¿El qué?- preguntó Durkas, mientras algunos miraban en todas direcciones, desconfiados.

Ingold sacudió la cabeza. –Como tapias- murmuró. Nosotros le conocíamos lo suficientemente bien como para saber que aquel comentario quería decir que no era ningún simulacro. Cogió varias piedras y enterró la funda del mensaje con ellas en el borde del camino. –Así si nos cogen no lo encuentran. Y si alguno se escapa, ya sabe dónde está.
Desenfundó su espada con sigilo. Nosotros le imitamos. Comenzó a caminar por la espesura, tratando de hacer el menor ruido posible. Nuestras botas crujían en la fina capa de nieve que había caído. Poco a poco, nosotros también empezamos a distinguir murmullos. ¿Cómo tenía Ingold tan buen oído?
Agazapados tras unos arbustos, vimos a un grupo de cuatro orcos que conversaban, sentados en el suelo, mientras bebían de una bota que se iban pasando. A su lado, yacían dos montaraces, maniatados y morados de frío. Los orcos eran de esos exploradores, con un excelente sentido del olfato y una destreza asombrosa con el arco compuesto. Sus mortíferos arcos descansaban en un montón, junto a sus dueños.
Ingold comenzó a hacernos señas. Mablung y yo preparamos los arcos y nos pusimos a su derecha, mientras que Eremir e Ïliath, el uno con su arco y el otro con su lanza, se alejaron por la izquierda. Durkas y Cirion, capitaneados por Grem, fueron a cortarles la retirada. Rimmon y Arnold se quedaron con Ingold.
Nos movimos con cuanto sigilo fuimos capaces, pero insuficiente para aquellas bestias con sentidos tan sensibles. Nos olieron y comenzaron a mirar hacia los arbustos, como si pudieran ver a través de ellos. No hicieron nada porque no sabían si lo que olían eran enemigos o sus propios prisioneros. Entonces, Ingold dio una señal, y disparamos contra ellos al tiempo que nuestros compañeros se abalanzaban sobre los supervivientes, espada en mano. En un visto y no visto, los orcos eran cadáveres que ni siquiera habían podido defenderse.
Rápidamente, corrimos a liberar a los nuestros, y nuestra sorpresa fue mayúscula al encontrarnos con que uno de los dos montaraces no era nada más y nada menos que el capitán Madril.

-¡Madril!- exclamó Ingold. -¿Qué te ha pasado?
-Nos cogió una escuadra de exploradores por sorpresa. Han matado a muchos de los nuestros. Los demás se han dispersado. Al descubrir que yo era un capitán, me trajeron a Osgiliath para interrogarme, y entonces habéis aparecido vosotros.
-¿Cómo? ¿Los montaraces del sur de Ithilien han sido derrotados?
-No del todo, pero sí. Hay que informar al general Boromir, por si no le han informado aún. Y hay algo más.
-¿El qué?
-Un ejército grande, procedente de Minas Morgul y Harad se dirige hacia aquí, y sin los montaraces, no tendrán muchos problemas en presentarse aquí en cosa de días, listos para romper el cerco y tomar Osgiliath para siempre.
Ingold resopló.
-¡Señores!- anunció en voz alta, mientras cogía las capas de Cirion y Mablung y se las daba a los montaraces –Nuestros días podrían estar contados. Tenemos que informar inmediatamente al general y correr a preparar las defensas. ¡El asedio debe continuar!
-Sí, señor- respondimos todos.
-Vamos a ver- prosiguió, -Damrod, si tú fueras yo, ¿qué harías ahora?
Yo me quedé pensando un momento. –Escoltaría a estos dos hombres hasta el cuartel general lo más rápido posible- respondí.
-Vale, ¿y tú?- prosiguió, preguntando a Mablung.
-Lo mismo, señor- respondió éste.
Y así, uno por uno, todos coincidieron con mi idea.
-Bien, pues eso haremos- decidió.

Y así, fuimos a marchas forzadas hasta el cuartel general (nuestros pobres protegidos lo pasaron fatal para, debilitados como estaban, seguir nuestro ritmo). En cuanto nos identificamos y nos dejaron pasar, corrimos hasta el despacho de Boromir, que tardó un poco en recibirnos porque estaba ocupado con los oficiales.
Una vez le informamos de lo ocurrido, aquello se convirtió en un hormiguero. No parábamos de ver soldados que corrían llevando mensajes y oficiales gritando órdenes. Sin embargo, a nosotros nos dejaron tranquilos. Pedimos la cena, y al poco rato nos trajeron algo de carne. Hacía semanas que no comíamos carne.

Ya estábamos empezando a hacer el fuego para asarla, cuando apareció Ingold.
-¿Qué hacéis?- preguntó.
-Asar la cena. Volvemos a tener carne, mi capitán- sonrió Rimmon.
-Ya veo- murmuró el capitán. Había un brillo malicioso en sus ojos que no me gustó.
-Decidme, ¿qué habéis dicho que había que hacer cuando hemos rescatado a los montaraces?- preguntó.
Nosotros nos miramos, desconcertados. –E…escoltarlos hasta aquí lo más rápido posible- tartamudeó Eremir.
-Exacto- Ingold sonreía maliciosamente y arrastraba las palabras. -¿Y lo habéis hecho a la perfección, tal y como se espera de vosotros?
Nos volvimos a mirar. Cada vez estábamos más confusos.
Sí, señor- dijo Cirion, devanándose los sesos tratando de averiguar qué habíamos hecho mal.
-Pues entonces, vais a hacer otra cosa- A Ingold parecía divertirle mucho vernos así de nerviosos -¡Vais a ir, pedazo de cabestros inútiles, al bosque y me vais a traer el mensaje que habíamos venido a entregar, ¿entendido?!
Todos pegamos un brinco. Con lo ocurrido, nos habíamos olvidado por completo del mensaje. –Y cuando volváis- prosiguió –comeréis la carne que me haya sobrado, si es que me ha sobrado algo, cosa que dudo.

Salimos corriendo a toda velocidad, muertos de vergüenza. Los demás soldados nos miraban con curiosidad al pasar. ¡Y él sabía lo del mensaje cuando estábamos allí, por eso nos había preguntado!
Cierto es que como el capitán Ingold no había nadie, tanto para lo bueno como para lo malo. Y es por eso que debo reconocer que, si he llegado hasta aquí, es gracias a él. Hasta aquí, el relato de mi vida:

Damrod


Comentarios  
anduril7
#1 anduril7 21-01-2013 07:24
son buenisimos!!!!!!!!! estoy deseando que saques la siguiente parte
Rodrifaramir
#2 Rodrifaramir 24-06-2013 18:16
Muchas gracias. Ya he enviado el quinto capítulo :wink:

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