Relato Los montaraces de Gondor eran un cuerpo de élite muy selecto, temido y respetado por todos. Todo guerrero de Gondor apreciaba mucho la compañía de un montaraz, pues su sola presencia le inspiraba confianza y una sensación de seguridad. Ser montaraz equivalía a ser respetado, y eso era lo que yo esperaba recibir cuando el capitán Faramir en persona me concedió acceder al cuerpo: respeto. Nunca en mi vida había estado tan equivocado. En las seis semanas que pasé adiestrándome para tener los conocimientos básicos para poder sobrevivir, descubrí que un montaraz poco o nada tenía que ver con la superioridad, sino con el sacrificio y completa entrega.

Relato Un viento glacial desde el norte hacia dificultosa la tarea de intentar escuchar algo en el oscuro camino, el rumor del Anduin a su derecha era el más monótono y único sonido que podían escuchar por encima de los quejidos del furtivo viento, los hombres se tapaban manos y rodillas con las capas, su vaho y el de las bestias se perdía al poco de ser expulsado de sus bocas, ese mediodía comieron montados para no demorarse en su llegada, las monturas ya fatigadas resollaban por el llano sendero y las bestias del carromato pararon piafando exhaustas...

Relato Tras tomar una comida frugal en las proximidades de Beorholt, hemos mantenido un galope suave que nos ha hecho llegar a media tarde a las murallas de Aldburgo. Mi padre me explica que esta ciudad es más antigua que nuestro reino, y que al igual que Hornburgo e Isengard, hace unos 300 años eran ciudades de Gondor, y que esta no era la Marca de los Jinetes, sino la provincia de Calenardhon.
Veo que la muralla exterior tiene una base de piedra sobre la que se alza una empalizada de madera, alcanzando desde veinte a treinta pies sobre el suelo. Destaca que la entrada principal, que está orientada hacia el norte, y los dos baluartes que la protegen, son de piedra...

RelatoEra el año 3006 de la Tercera Edad y yo ya contaba con unas 16 primaveras, por lo que ya era oficialmente un adulto, aunque la gente aún me trataba como un niño.
Una suave brisa acariciaba mi rostro mientras contemplaba desde las murallas de Minas Tirith los alrededores de mi amada ciudad. Aprovechando el momento de soledad ,pensé en los últimos sucesos que estaban a punto de cambiar mi vida: el examen final para graduarse en el cuartel de la ciudadela, la evaluación psicológica por parte de los caballeros de la Torre Blanca y pronto, la decisión de mi destino por parte del senescal Denethor II..